domingo, 12 de enero de 2014

Los Braganza: El duque que mantuvo en vilo a la corona



Tras años de exilio, la estirpe regresó a Portugal, donde el actual jefe de la casa real ejerce, junto a su esposa, un papel oficioso en numerosos actos públicos del país

S.A.R. el Duque de Braganza

Una de las últimas veces que visité Lisboa estuve en la iglesia de San Vicente de Fora, panteón de la casa de Braganza. Recorrí los marmóreos túmulos que guardan los restos mortales de Juan IV, María II y el rey Fernando, Carlos I, su hijo Luis Felipe o el último monarca, Manuel II. Allí, el 1 de febrero de cada año, fecha del terrible regicidio, se celebra una Santa Misa por las almas de aquel monarca y su hijo. Asisten don Duarte, duque de Braganza, jefe de la casa real de Portugal, y su mujer Isabel de Herédia, duquesa de Braganza. Haber conocido a la familia real es un honor y recorrer los lugares que simbolizan su paso por la historia un placer y, en cierto modo, un deber de buena vecindad y de hermandad ibérica.


Durante mucho tiempo, los monárquicos portugueses estuvieron en vilo con la esperanza, ya felizmente cumplida, de que don Duarte se casara y tuviera descendencia. Sus únicos dos hermanos, Miguel, duque de Viseu, y Enrique, duque de Coimbra, son solteros. Finalmente, se casó a los cincuenta años en una de las joyas de Portugal, el Monasterio de los Jerónimos de Lisboa, en ceremonia celebrada por el cardenal patriarca de Lisboa y con la asistencia del presidente de la república, muchos ministros y 35 familias reales. Hoy, él y doña Isabel son padres de Alfonso, príncipe de Beira, María Francisca y Dionisio, duque de Oporto. Hace años Francisco de Braganza van Uden, hijo de la infanta María Adelaida de Portugal, me comentaba de la necesidad de la sucesión. Ahora está asegurada.

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En Portugal, vieja y noble nación, fue creado en 1442 el ducado de Braganza por el rey Alfonso V para su medio tío Alfonso, conde de Barcelos e hijo natural del rey Juan I, fundador de la dinastía de Avís. Se convirtieron en la casa más poderosa del reino. Su imponente palacio ducal en Vilaviçosa, con 110 metros de fachada, hecho construir por Jaime, IV duque de Braganza, gozó de gran esplendor. En 1578, el rey Sebastián I falleció en Alcazarquivir y le sucedió su tío abuelo Enrique I, cardenal, que murió dos años después. Nuestro rey Felipe II (I de Portugal), hijo de la emperatriz Isabel, infanta portuguesa, se convirtió en soberano de ese país. Nuestros «Felipes» reinaron allí hasta que en 1640 el VIII duque de Braganza devino en rey Juan IV tras una sublevación finalizada con la muerte del secretario de Estado Miguel de Vasconcelos y la partida de la virreina Margarita de Saboya, duquesa de Mantua. Desde entonces, los Braganza han reinado en Portugal. Juan V llenó Lisboa de hermosos edificios y de cuadros de grandes artistas. José I, con el marqués de Pombal como ministro, reconstruyó la ciudad tras el terrible terremoto de 1755.


La reina María II de la Gloria contrajo segundas nupcias con Fernando de Sajonia-Coburgo-Gotha, rey consorte Fernando II. Desde antiguo los monarcas portugueses tuvieron predilección y vínculos con Inglaterra. El enlace de Catalina de Braganza con el rey inglés Carlos II afianzó esas relaciones que el matrimonio de Fernando II, primo de la reina Victoria y del príncipe Alberto consolidaron.

Fernando fue artífice del romántico y colorido castillo da Pena y de su parque, en Sintra, y pasó a la historia como el «Rey Artista». Su hijo Pedro V modernizó Portugal, pero murió joven sin hijos de la reina Estefanía, nacida princesa de Hohenzollern-Sigmaringen. Le sucedió su hermano Luis I. De su matrimonio con María Pía de Saboya nacieron el rey Carlos I, y Alfonso, duque de Oporto. Carlos fue un notable pintor y un apasionado del mar, como su amigo el príncipe Alberto I de Mónaco. Ambos impulsaron la Oceanografía moderna y fundaron instituciones dedicadas al estudio marino. La multitudinaria boda de Carlos, en 1886, con Amelia de Orléans, hija de los condes de París, supuso un nuevo exilio para toda la familia de la novia, quien trajo a los Braganza, de nuevo, la sangre capetin a. En 1908, Carlos I y su primogénito Luis Felipe fueron asesinados a tiros en su carroza al pasar por el Terreiro do Paço. La reina Amelia, esgrimiendo su ramo de flores, salvó al que sería Manuel II, sólo levemente herido. Dos años después, éste perdería el trono.

Reconocimiento en su país
S.A.R. el Príncipe Afonso
Así como en España existió el carlismo, en Portugal tuvieron el miguelismo, políticamente afín y encabezado por don Miguel, hermano de Pedro IV en oposición a la hija de éste, doña María de la Gloria. La victoria de ésta supuso el exilio de la rama miguelista. Pero, por esas vueltas que da la genealogía, un descendiente de esa rama, don Duarte, hijo de don Duarte Nuño y de la princesa brasileña María Francisca de Orléans-Braganza, es el jefe de la casa ya que Manuel II no tuvo hijos de su mujer Augusta Victoria de Hohenzollern-Sigmaringen. El duque de Braganza goza de reconocimiento en su país, se sabe depositario de siglos de historia y lucha en pro de Portugal –muchas veces a través de la Fundación Manuel II– o de las que fueron sus colonias, como Timor Oriental, Mozambique o Angola, transmitiendo a sus hijos ese sagrado depósito y la responsabilidad de servir.


El castillo da Pena, un delirio romántico
Entrar en Mafra es darse cuenta del poder de la corona portuguesa. Este enorme «Escorial» luso tiene una magnífica biblioteca y una espléndida iglesia. El castillo da Pena es un delirio romántico en un lugar idílico y con prodigiosas vistas. Queluz, con sus salones y jardines, es la quintaesencia de la exquisitez. Ajuda, domina Lisboa desde las alturas, el palacio de las Necesidades es sede del Ministerio de Asuntos Exteriores y el de Belem, residencia del presidente de la República, mira hacia el Tajo.

Publicado en La Razón